Cartas, poemas, prosas y cuentos para un amor que se estancó en el segundo círculo del infierno...

domingo, 6 de noviembre de 2011

El fonoaudiólogo maldito

Once años y un olor a hospital que golpeaba fuerte su colonia de niño burgués en el Sótero de Río. El coro de la iglesia le negó el canto mariano a razón de un falso nódulo que aflojó su lágrima prematura e inentendible ante los ojos de ese dios. Pero no es ese dios quien puede arreglar tus defectos sonoros, niñito; no es otro más que el fonoaudiólogo.

Y así apareció en su vida –y de por vida–, el implacable corrector sonoro, el altruista caballero de las pedanterías medicinales, heredero de la violencia intelectual de Bello y de las mitificación del clandesta Blest. Estancia maligna de los embriagados químicos y prototipos universitarios que se cagan en la realidad y la pobreza… sí esa misma pobreza que experimentó el niñito de esta historia antes de entrar al consultorio cordillerano. En el aire se huele pueblo y en tus ojos se divisa el estupor; en la escena tus mismos ojos de indio capitalista, niñito, aminorizan al resto en la sala de espera.

Y ahí entraste, temeroso. Tímido, inmaculado, presumido y vanidoso también. ¿Qué hace un niño como tú en un lugar como este? Le preguntó el fonoaudiólogo, pero él tampoco lo sabe, el impúber se lo cuestionó también y sin blasfemia de clases no se hallaba a sí mismo en el recinto C3.

La pequeña mirada fue enterrada por los ojos aristócratas del vampírico terapeuta público.

La camilla y encima ese reciclable papel arrugado, la silla del profesional lanzada hacia el escritorio donde el coito obligatorio dejó arrepentido al buen niñito ajeno al umbral clasista. El delantal desbotonado en un abrir y cerrar de ojos; la mirada y cualquier otra profundidad atravesada por la pedantería maldita, los ojos del indiesito neoliberal llorando cuando se entera que fue violentado por las ansias lascivas de un profesional de mentira. Pantalones y slip abajo le bastaron al fonoaudiólogo para sanar los males de su lenguaje poco funcional. Y con cada penetración su lengua se acortaba hasta la mudez, con cada inseminación natural su vientre acusaba un dolor sucedáneo a los años que vendrán.

Implacable, su cuerpo caminó hacía su mamá como un niño curado. Sus ojos guardan un secreto de por vida, la receta mágica del fonoaudiólogo para arreglar su ‘zeta’ mal pronunciada, su problema con las consonaste líquidas y sus oclusivas forzosas. Sin embargo, su ‘ese’ lo delata hasta el día de hoy, mariconazo y femenino, degenerado en su prosodia y en sus gestos víctimas de una infante violación.

Ahora de adulto, victimario y profesional. Con su título, reincide en el cuerpo de sus pacientes para sanarles su lingüístico mal. El inocente niño se ha convertido en otro maldito más.

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"Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié."