Qué miedo, corazón deshollejado en la harina triste y desabrida en la mesa de mi abuela. Sueltas las lucas, compra el pan, compra mi vida con un “te amo”, pedazo feo de mentira. Pedazo, pedazo ¡entero dame su buen pedazo! Dame lo que no alcanzaste a darle. Ven y arrodíllate ante esta cruz que de a poco, muy de a poco se va quemando. Y también quémame, pedazo feo de mentira. Años de mentiras, años de máscaras, años de mesura, años marcianos y maricones, años de palabras con m, años muertos de Miguel y Meili. Mírame esta vez y dime que no se te olvidó nuestra canción, ni con eso, ni con ése, ni con ello, ni con aquello. Ni por aquello. Ni nada.
Nada.
Nada me falta porque te tengo, porque tengo tu pecho para dormir, porque tengo tu cintura para viajar. Tengo los besos que me das, los besos que te robo, los besos que le diste y los besos que te robó. Porque tengo todo. Porque te tengo a ti, después de años de mentiras. Mentiras disfrazadas de certeza, cerezas disfrazadas de sandías, mis días consumidos en cerveza. Después de esto estoy, después de llorar estoy, después de la muerte estoy, después del crimen estoy, después del verbo estoy. Siempre estuve, pero después. Hace tan poco, tampoco el tiempo. También el espacio me lo robó ese conchesumare, también la pose. También las cucharas, también mi postre. También a ti, feo pedazo de mentira.
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