Ella corre como nadie, con su vestido duro de tanto pisar, sigue corriendo como nadie lo hizo. Ella, es indiscutiblemente la más prostituta de mis amores, es también la que me da la más rica brisa en las noches edificadas. Perra dama blanca, perra dama gris, vestida de cemento y espejitos de fiesta discoquete, tus dos tumultos naturales se asoman cual cópulo galáctico en el erotismo suavecito que me das con tu mirar. Puede verlo todo mi perra dama gris. Puede ver cuando esos dos se sacan los trapitos al sol noviembrero, cuando se visten apresurados porque la mamita llegó.
Esa es ella, la que no se ofende, la cochina, la sucia, la que está llena de viejos sonriéndole repetidas veces en la las principales avenidas, y en los callejones sin salida. Tapizada en Urbanos Clásicos, quienes en su afán amoroso, han tocado cada rincón de su cuadrada dimensión corporal, te digo a ti Grisácea Prostituta, que el Sticker que pegué entre tus piernas, no te lo despegarás con nada.
Ella, ella se cree tanto, que me eleva la herramienta homoerecta como quien eleva un Riesco en Manhattan, es sin duda la ciudad que yo más quiero. Porque en ella, lejos de amar a otras perras, me amó el más sabroso de los bocados, me sucumbió en la alcantarilla cocodrílica, y me sacó del alma tantos, tantos gritos como habré gritado en mi vida. Gracias Perra Ciudad Grisácea por conmoverte con este revolcón amoroso, por cobijarme a mí y a mi amante nunca tan bandido en los recovecos de tu cuerpo cuadrático. Ella, la ciudad a quien tanto agradezco, nos dejó ver el cielo cuantas veces el señor Jesucristo respiró, ése mismo que sigue respirando, ese mismo que nunca fornicó. Ese mismo, que en su ciudad beige, perdió el rico placer de amar a la vista y paciencia de una Perra llamada Belén.
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