Eres... y también, eres la primera canción que suena en el shuffle de mi pendrive al salir de la U. Eres la piedra que evité patear en el camino. Eres la voz que casi no oigo en el metro, eres el metro. Eres el olor atrapado en el vagón, y la brisa urbana que amenaza mi salud en el intermodal. Y hasta ahí llegaste, al final del camino, de mi camino, guiado por una lágrima náufraga que se resiste a salir.
No fuiste nunca la frase de peluche tipo San Valentín, no fuiste nunca ése Peluche. Eres piel terciopelo que busco en el paisaje seco, eres el lomo por donde baja Heidi, eres la espalda por donde bajo yo. Eres el cacao con forma de órgano palpitante que amenaza sismos y maremotos en el radio de mi casa. Eres el serrucho que me envió a un abismo junto a ti, eres también ése abismo. Eres petróleo, eres oro, eres piel dorada, eres un idiota, eres mío, eres el abismo. Eres... y eres también todo. Eres una ducha helada, y una ducha caliente, ¡tan caliente! Eras mi colchón, eras mi frazada, mi tuto, mi colgante favorito, mi metáfora peor y mi hipérbole mejor. Mi eufemismo predilecto. Eras el slip negro que boté cuando dejaste de venir.
Pero sigues siendo el ladrido de los perros que me despiertan con una sonrisa maricona, sigues riéndote, sigues ahí, de pié, con tus piecitos de niño que resguardan la última prenda antes de desnudarte/me. Sigues queriéndome como siempre, como la primera vez... como cuando vi a mi vecina por primera vez. Así el amor. Sigues contestando secretario de mi alma, telefonista y papelero, burócrata de dos corazones, más bien de uno y medio.
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Ver la construcción aquí.
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