Vengo cayendo, vengo embriagado, raja’e curao, a contar mi mal decir. Uno, dos, tres vasos nada más he tomado y mírame. Estoy llorando y es por ti.
Soy científico maldito, madítico ciempiés. Sí, afloja lo erguido. Y caigo en el cuarto vaso llorando las peeeeeeeenas de un amor sin valentía.
Esos regalos que faltaron, los muñecos, los añuñús... ¡Já! Y sí, me atrevo a llorarte en esta caída décima de vodka vomitón. Lo hago y niego ser el victimario. Soy el que reúsa de tus besos, princesa de mal aliento. Caderas perfectas que me engañas con certeza. Reúso de tus manos callejeras, y qué me importa tu estúpido murmullo. Hoy soy yo el que llora.
Y tú ¿acaso rechazas los movimientos sabroso con lo que terremoteo tu caminar? ¡No! No tienes las agallas. Mi cuerpo es perfecto cuando dejo de llorar... Esta lágrima láctea amamantará tu escandaloso amor.
Sigo cayendo, abrumador. Veintiún vasos cumpliré. Imagínate. Yo me estoy imaginando tus ojitos, esos llorones y apestosos ojitos de los que me tuve que enamorar. Tu espalda rasa, mujercita-mariconcita, cuerpo de cuica...
Hoy estoy llorando todavía. Son las 2 de la tarde y sigo lloviendo ríos salados en la copa de vino número mil noventa y cuatro.
Me estoy llenando de ese vino blanco, que llama una llama tinta. Estoy acá, sin poder ponerme de pié. Me llamaste de nuevo, fogosos ojos de almendra sin sal.
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