A veces… no sé, amigo. Mira de la mierda que te vengo a hablar. Mira como los tapujo nos han escondido y disfrazado esta “amistad” en una supuesta amistad. Mira, pero mira muy atento el reposo de mis manos, porque es esa la misma atención que yo pongo cuando te veo en la plaza por las mañanas de domingo y los viernes por la tarde paseando a tu fina perra. Mira que el mar nos atemoriza, y el agua que cae cuando te bañas, son la misma gota que frotan mi espalda y algo más… Mira mi espalda y algo más. Date cuenta, amigo querido, que escondo entre mis canas un dolor blanco, que escondo en mis lunares un dolor oscuro, y que muestro con mis ojos una felicidad abrumadora. Obsérvame avanzar desnudo al abismo del cajón, besaré la madera hirviendo en placer prestado, besaré a tu madre, besaré a tu padre, y a tu fina perra los días que sean necesarios, pero mira avanzar al abismo.
Mira este desierto, mírame entero, mírame sin nada, mírame con todo, mírame desde allá, mira el rectángulo naranjo que se asoma vertical en el horizonte “inicio”… como un sol. Mírame como tiemblo amigo Poseidón.
¡Te odio!
Amigo querido, lee atento esta carta porque es la última vez que te la escribo, cuantas veces ya has leído agotado un discurso que no para hablar de nada. Sí, las mariposas desde tu casa tienen un efecto extraño en el sacapuntas de mi velador… ráyame descontroladamente el alma, aunque suene mariconeo, amigo, hazlo, porque así como es una mierda esta carta, puede ser una mierda nuestra amistad. Apuñálame esta noche todos los rincones de mi cuerpo, corazón estacional, corazón de primavera, corazón de mentira, corazón traicionero, corazón de metal. Pero al fin al cabo: Corazón. Amigo, aun cuando te suplique una mano, dame de tus brazos; aun cuando suplique de tus ojos, dame tu mirada; aunque suplique de ti, entrégate completo.
Te amo…
Espérame, querido amigo. Espérame como todos los días los haces. Espérame. Hazme girar el alma imaginaria en esa rueda sub-santiaguina que tanto odiamos tú y yo. Hazme respirar el aire mal inhalado de una gorda travestona que nos quiere matar. Pero por favor, mejor amigo, espérame, y no partas este viaje de vida sin mí. Si me dejas solo en este andén, te gritaré estas mismas conchetas hasta que llegues al paraíso de bosques verde-dólar. Si me dejas solo, sabré que jamás debí escribirte, jamás debí matarte con palabras y partir corriendo como un mocoso llorón. Sí, las mariposas se arrepientes de vez en cuando de afectar el sacapuntas de mí velador, pero yo también me arrepiento de tenerlo ahí. También me arrepiento de esta carta, y de odiarte, y de amarte, y de matar a Vicente, Gabriela y los Pablos creyéndome que te puedo enamorar con esta caída. Porque sí amigo, tal y como tus mariposas de mi sacapuntas… a veces me pasa que me enamoro de ti.
dice: Perdón.
¿Cuántas veces me lo pediste? Cuantas veces te lo di. ¿Cuántas veces ya te fuiste? Cuantas veces sonreí. Cuantas cuantas, cuantos cuentos, cuentos cortos, cortos coitos, coitos cojos, cojos… qué risa. Cuantas veces sonreí. Perdón. Perdón por ser yo, perdón por ofenderte los labios, por ofenderte las manos, por ofender tu cuerpo, y tu mirada. Perdón por ofender a tu madre, tu padre y tu fina perra. Perdón por sonreír. Perdón por pedirte algo, pero: mírame morir.
Hasta la próxima, amigo/cariño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario